En abril de 2026, el calendario nos sitúa frente a una efeméride que no solo invita al recuerdo, sino a una profunda reflexión sobre la fragilidad de la vida y la soberbia tecnológica: el cuadragésimo aniversario del desastre de Chernóbil. Este hito cronológico nos obliga a repasar el legado de los accidentes nucleares y a observar con mirada crítica la situación actual mundial, con imperialismo exacerbado, guerras y, a nivel local, con propuestas de explotaciones varias sobre los recursos naturales. También en la cala de Basordas, donde se construyó la central de Lemoiz. La sombra de Lemoiz y los desastres de Three Mile Island y Chernóbil (más tarde, Fukushima) fueron un catalizador político y social que transformó para siempre la percepción de la energía atómica, sellando el destino de proyectos que hoy, décadas después, siguen siendo cicatrices abiertas en nuestro paisaje y en nuestra memoria colectiva. Por ello, Eguzki ha defendido siempre, ante las expectativas que periódicamente se publicitan sobre los terrenos de la central de Lemoiz, que ese espacio debe tener «un uso coherente con su historia», lo que se traduciría en la restauración ambiental de la cala de Basordas, incluyendo su entorno, y su compatibilización con el disfrute público, quizá mediante la habilitación de un parque como lugar de memoria. El impacto del desastre de Chernóbil fue determinante para el movimiento antinuclear vasco, pues validó con una tragedia lo que venía denunciando: que el riesgo cero no existe y que las consecuencias de un error humano o técnico son transgeneracionales. En el caso de Lemoiz, la paralización definitiva no fue solo un triunfo popular, sino la constatación de que una infraestructura de tal magnitud representaba una amenaza inasumible, más aún en una geografía tan densamente poblada, y que la sociedad vasca necesitaba un futuro seguro y libre de energía nuclear. Tampoco queremos olvidarnos del indiscutible papel que la movilización cívica jugó para que la vida útil de la central de Garoña, hoy en proceso de desmantelamiento, cesara definitivamente. Sin embargo, el análisis en este 40 aniversario de Chernóbil no puede limitarse a la nostalgia o al recuento de victorias pasadas, ya que nos encontramos en una coyuntura histórica en la que las tensiones geopolíticas y la guerra están siendo utilizadas para rehabilitar la imagen de la energía nuclear. Observamos con preocupación cómo la extrema derecha, respondiendo a intereses corporativos, ha tomado la bandera del átomo, presentándola engañosamente como una solución a la soberanía energética frente a la dependencia del gas y el petróleo. Este impulso de la energía nuclear no es casual, sino que responde a una lógica de imperialismo energético donde las potencias buscan asegurar fuentes de poder concentrado que permitan mantener un modelo de crecimiento infinito e insostenible. La propuesta de construir nuevas centrales no es una alternativa real al cambio climático, sino un intento de perpetuar el control corporativo sobre la energía, utilizando el miedo a la escasez para imponer una tecnología peligrosa y extremadamente costosa que hipoteca el futuro de las próximas generaciones con residuos cuya peligrosidad durará milenios. Desde Eguzki, rechazamos de forma tajante la energía nuclear porque perpetúa una estructura de poder centralizada que es incompatible con la democracia energética, la seguridad, la asunción de los residuos generados y con la protección de la biodiversidad Este 40 aniversario de la tragedia de Chernóbil debe servir para desenmascarar los falsos dilemas que nos presentan. No necesitamos cambiar una dependencia sucia (los combustibles fósiles que están asfixiando el planeta) por una dependencia peligrosa y carísima (la nuclear). Lo que necesitamos es desenchufarnos del sistema de guerra y de sus bombas, tanto hoy en Palestina y Oriente Medio como ayer –precisamente también un 26 de abril– en Gernika. Porque, no nos engañemos, tanto el petróleo como el uranio son la gasolina de los conflictos imperiales, especialmente yanki e israelita. La propuesta ecologista es clara: soberanía energética de verdad, de la que se hace “en casa” con la propia comunidad. La verdadera transición ecológica pasa por el decrecimiento energético (es un tópico pero es así: la única energía limpia es la que no se consume), la descentralización de la producción y la apuesta decidida por renovables que respeten el territorio y la soberanía de los pueblos. Ojo, nadie ha dicho que el camino sea fácil o esté libre de contradicciones, tampoco entre quienes nos reclamamos del ecologismo o la defensa de la tierra. Nuestro compromiso en este 40 aniversario sigue siendo, por tanto, el de una memoria activa que rechace cualquier intento de volver a poner en marcha la maquinaria del miedo atómico bajo la excusa de la seguridad nacional o el pragmatismo económico. El impulso nuclear de la extrema derecha encubre intereses corporativos y busca rescatar un modelo del siglo XX para enfrentar los retos del siglo XXI. La paz no es solo que dejen de caer bombas, aunque, por supuesto, esa es una condición indiscutible, sino respetar el derecho de los pueblos a vivir con dignidad, dejando de esquilmar recursos naturales de forma exponencial con minería de uranio y emisiones de CO2, y compartir, desde el respeto, la tierra que nos da vida. EGUZKI, abril de 2026
jueves, 23 de abril de 2026
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario