jueves, 23 de abril de 2026

A un año del apagón masivo en el Estado, ¿qué hemos aprendido?

El gran apagón del 28 de abril del año pasado afectó a servicios ferroviarios, semáforos, industrias, comunicaciones, hospitales y, en definitiva, de un modo u otro, al conjunto de la ciudadanía. El gran apagón del 28 de abril del año pasado afectó a servicios ferroviarios, semáforos, industrias, comunicaciones, hospitales y, en definitiva, de un modo u otro, al conjunto de la ciudadanía. Sin entrar en las polémicas sobre quién tuvo qué responsabilidades en el apagón, las investigaciones han señalado una reacción en cadena iniciada por sobretensiones en la red, exacerbada por problemas de coordinación y gestión del sistema eléctrico. Lo cierto es que, aunque en la mayoría de territorios apenas duró unas horas, nos llevó a mirar cara a cara a nuestras vulnerabilidades; nos reconocimos, una vez más, no solo como seres interdependientes, sino también ecodependientes, e hicimos… lo que pudimos. Pero, como de todo suceso de gran magnitud, deberíamos sacar alguna lección, más allá de hacer “ajustes” en el sistema. No da la sensación, sin embargo, de que un año después hayamos hecho aprendizaje alguno sobre nuestro modelo de vida y nuestra dependencia extrema de la energía eléctrica, que ha alcanzado niveles históricos, impulsada por la digitalización y la automatización de prácticamente cada aspecto de nuestra vida. Detrás de todo ello se esconde una vulnerabilidad creciente. ¿Podríamos responder afirmativamente a la pregunta de si estamos preparados para un nuevo apagón masivo y duradero? La cuestión, cada vez más compleja, es garantizar un suministro de energía que sea seguro, accesible y al mismo tiempo, respetuoso con el medio ambiente, en un contexto de emergencia climática. Una complejidad que se agudiza como consecuencia de la actual guerra en Oriente Medio. Durante el apagón, vimos más claro que nunca el riesgo de que todo esté conectado por cables; que sin la energía que fluye por ellos no funcionan ni la televisión, ni los frigoríficos ni los ascensores ni muchos aparatos que constituyen el soporte vital de personas enfermas. Fue llamativo que los grandes centros comerciales tuvieron que bajar la persiana –no funcionaban las cajas registradoras ni los datáfonos–, mientras las tiendas de barrio proporcionaban linternas, pilas o verdura, aunque tuvieran que fiar a cuenta. Aportó más lo más pequeño, y, para hacer seguimiento de la situación, la radio del abuelo sustituyó a la televisión. Formamos parte de un sistema capitalista depredador de recursos, pueblos y personas. El modo de vida actual genera una dependencia del suministro eléctrico y de quien lo controla. La tecnología, sin energía, no es nada: un ordenador que no arranca, no aporta. Un mundo sin electricidad no es solo un mundo distópico de película, sino una posibilidad tangible, y eso es lo que pudimos vislumbrar, durante apenas unas horas, hace un año. Eso debería influir en las políticas públicas, por supuesto, pero también en nuestras decisiones individuales. Hay que cambiar hacia redes energéticas resilientes, diversificar nuestras fuentes de energía, invertir en eficiencia energética. Eguzki sostiene que el apagón fue una consecuencia directa de la ausencia de planificación, gestión y control democrático en materia energética. Sin transparencia y participación también en este ámbito, la sociedad, en lugar de priorizar las necesidades colectivas, seguirá a merced de quienes, mirando solo por su interés, además de consumir los recursos naturales del planeta, apuestan por la pantalla y el mando a distancia que teledirige nuestros usos cotidianos y terminan provocando apagones. ¿Consumimos o nos consumen? EGUZKI, abril de 2026

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